Nunca vuelves a ser la misma persona después de una situación complicada. Hay gente a la que necesitas más cerca que antes. Y a otra más lejos. Aprendes a relativizar y a alejarte sin dramas de las situaciones en las que no quieres estar. Tus prioridades cambian. Tu escala de valores se mueve. No esperas lo mismo de la vida. Lo único que quieres es saborearla, sentirla, disfrutarla… quieres vivirla. Quieres vivir de forma que te duela marcharte.
Las experiencias nos transforman y es una responsabilidad enorme estar a la altura. Pero a veces nos equivocamos en la manera en la que hacemos gala de este cambio. Lejos de convertirte en héroe, la vida empieza a contar cuando te sientes vulnerable. Cuando dejas que alguien se asome a tu coraza. Cuando le muestras al mundo lo bueno y lo malo. Cuando muestras que también te equivocas y fallas. Cuanto dejas ver tu yin y tu yang. Cuando te dejas ver…
Somos, en gran parte, lo que dejamos en el corazón de otras personas. Bienvenidos sean los momentos de crisis que nos ayudan a dejar de pasar de puntillas por la vida para empezar a entender que la felicidad no es un coche, ni un cuerpo perfecto, ni una casa perfecta. Que quizá se nos imponen objetivos erróneos. Porque lo cierto es que la felicidad son los lugares que descubres con ese coche el día que te pierdes y disfrutas de un atardecer de los que se graban en la retina. La felicidad es que tu cuerpo te permita bailar, siempre, con tu música favorita. La felicidad es abrir la puerta y que huela a hogar. Que la luz que entra por la ventana sea tu faro. Y que todo lo que necesites, esté al final de algún pasillo.