Alguien me dijo una vez que las personas que más te marcan en la vida llegan así, sin cita previa. Como una tormenta de verano que te sorprende en pleno mes de agosto y te cala bien adentro. Un sinfín de variables que se encuentran en la más compleja operación aritmética para ponerte en el momento y lugar adecuados.
Benditas casualidades.
Hablo de esos pilares sólidos en tu vida que, sin necesidad de ser sangre de tu sangre, sin haber estado desde el principio, incluso sin quedarse para siempre; te acompañan en momentos críticos y se acaban conviertiendo en imprescindibles.
No son personas cualquiera, de esas ya hay muchas. Son ángeles de la guarda. No porque tengan poderes mágicos o porque puedan despegar sus alas y alzar el vuelo, sino porque llegan justo a tiempo. Como caídos del cielo, con ganas de dar lo que tú necesitas recibir.
Intercambio bidireccional, conexión inmediata.
Y es que la influencia que puede llegar a ejercer una persona optimista sobre otra es comparable a la que ostenta la luna sobre las mareas, elevada a la décima potencia. Puede subir tu autoconfianza en tiempo récord y derribar los cimientos de miedo y angustia instalados en primera línea de tu corazón.
Un chute de energía que te impulsa cuando el camino empezaba a volverse cuesta arriba. Que te incita a luchar por conseguir lo que quieres.
Sin embargo, la verdadera magia de esos ángeles de la guarda reside en su poder para desaparecer y, aún así, conseguir que te sigas moviendo por la inercia de su impulso.
Es entonces cuando te das cuenta de que se marchan igual que llegan, sin cita previa, pero que su huella se queda para siempre en tu maleta de aprendizaje. Esa que arrastras por la vida y que cuanto más la llenas, más ligera te sientes.