Miedo. Miedo a lo desconocido y a lo conocido. Miedo. Ese impulso que te paraliza y te mueve al mismo tiempo, que te sube las pulsaciones, te acelera la respiración y te hace sudar. Con un sudor frío. Frío y calor, no sabes qué sientes porque tu cerebro va a toda velocidad, no atiendes a razones y sigues los instintos, con la sangre que fluye rápidamente por tu cuerpo y la sientes correr en tus oídos, que perciben mucho más de lo que creías. Miedo. Sólo lo distingues a él.
Cuando te adentras a lo desconocido y no sabes muy bien qué te vas a encontrar por el camino. Miedo que disfrutas a pesar de cómo te hace sentir. Es de ser un poco masoquistas, pero es verdad. El miedo te hace vivir. Nos hace vivir.
Esa sensación que deja al pasar, las piernas flojas, la risa tonta, el sudor secándose en ti y enfriándote la piel. Esa relajación después de tanta tensión. Miedo a hacer una pregunta importante, que sueltas del tirón sin recordar más tarde cómo la has hecho porque estabas pensando en el miedo que sentías. Miedo porque no sabes si quieres saber la respuesta…o no.
Miedo a lo conocido cuando sabes lo que te va a pasar si sigues por ese camino y aun así te arriesgas y sigues porque el miedo que sientes durante todo el camino te hace sentir viva, te hace flotar.
Miedo, ese mecanismo de defensa que nos paraliza en ocasiones, ya no digo físicamente, sino que paraliza nuestra alma. Véase: “volver a enamorarse”, “volver a confiar”, “volver a creer” después de que te hayan hecho daño.
Cuando parece que te has recuperado de tus heridas anteriores. Cuando llega algo que te remueve todo otra vez y no sabes si dejarte llevar porque temes volver a caer como caíste en el pasado. Cuando no quieres volver a abrir una herida ya cicatrizada en lo más profundo de tu corazón. Miedo a no saber qué deparará ese camino a recorrer, emoción y miedo a la vez, que te mantienen alerta y despierta. Ganas de descubrir todo lo que da miedo porque es desconocido.
Y llegan las dudas porque temes a lo desconocido y a lo conocido a la vez, ¿cómo decidir? ¿Cómo saber qué camino recorrer? ¿Lo malo conocido? ¿O lo bueno por conocer? Porque al fin y al cabo ya lo dice el refrán, ¿no?: “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.
Pero ¿y si resulta que lo nuevo es mejor que lo que ya conocemos? O si por el contrario, ¿lo malo al conocerlo resulta mejor porque lo podemos corregir?
¿Nos arriesgamos con lo malo conocido o con lo bueno por conocer?