Me acuerdo cuando escribía por no estudiar. Cuando el último rato de la tarde, lo usaba para darle forma a mis frívolos pensamientos de 14 o 15 años. Hojas de cuadros, bolis robados y recuerdos que aún siguen en los cajones de casa de mi madre. Y me sonrojan y no les daba forma, pero había mucha realidad, mucho amor y muy poco miedo.
Me encanta que leas mi blog pero no aguanto la vergüenza de reconocer en tus ojos, que has visto mi pecho cuando estaba descubierto.
Por aquellos años 2000/2001 acababa siempre con lágrimas, con los trazos empañados y a veces, ilegibles, pero la sensación de acabar era la misma que cuando le dabas los últimos tiros a ese canuto nocturno que te llevaba a la cama y no pensar. Y lo tiraba con fuerza por la ventana y respiraba.
Daba igual que fuera pronto o tarde, lunes o sábado. La vida paraba ahí. Le regalaba a mi cuerpo la libertad de soñar, de ser libre, de que eligiera él el camino. Nunca te acostabas suficientemente fumado. Nunca vivías suficiente. Nunca un problema daba más vueltas. Dicen que no hay insomnio que dos pajas aguante. Ay amigo! No hay insomnio que dos canutos no te expliquen que el final esta ahí, que ya está, que lo has dado todo y necesitas descansar.
Luego te das cuenta de que acabes el día como lo acabes, al día siguiente será martes y eso si que no hay insomnio que lo aguante.
Llevo muchas horas metido en casa.
No me juzgueis.