Enseñanzas

 

Tantas enseñanzas...

Y nadie me ha enseñado a sobrellevar el duelo ante la pérdida de un ser querido. 

Nadie se ha molestado en hacerme comprender que hay amistades que de repente se van, sin motivo aparente, sin buscar un trasfondo mas claro. 

Lo que si me han enseñado, y es la razon por la que muchas veces me comporto así con el que ahora mismo es mi pupilo de aprendizaje, es el hecho de que haciendo un balance, me sobran nueve dedos para recordar a alguien maravilloso que haya entrado a mi vida, por sus conocimientos o aptitudes. 

Se, o al menos me gustaría que así fuera, que mi hijo no va a ser el alumno mas brillante de la clase. Mi esfuerzo no radica ahí, mi esfuerzo radica en crear una buena persona. Una persona que no brille por sus conocimientos, pero que todo el mundo recuerde, que cruzarse con él, es de las cosas mas bonitas que le ha pasado en la vida. Pero es que además, quiero que esté orgulloso de ello. 

Quiero a mi lado, alguien que luche, que se deje los cojones por lo que le apasiona. Que no se venga abajo y que si se viene, sepa girar y levantarse.

Soy un enamorado de la gente que sonríe, de la gente que te llena de vida, que te suma y no te resta. Y es que, a poco que lo pienses, esa gente, siempre huele a colonia. Siempre te deja un reguero de una esencia maravillosa que te hace abrir los ojos, iluminarlos y llenar ese momento de vida. 

Necesito a mi lado, personas que se queden en casa a dormir en mi noche de bodas, que se enciendan un porro, que nos lo fumemos todos juntos, que te inviten a comer un 21 de Mayo y que su felicidad, sea compartir esos momentos contigo. Y este pensamiento no es a la ligera. Este pensamiento viene, de noches como la de ayer, en la que te sientes afortunado de haber hecho todas y cada una de las cosas como las has hecho, pero sobre todo, de tener amistades tan puras, tan sanas y tan llenas de vida, que se pierdan en una noche en Toledo, en tres tercios en Yepes o en un hogar como si fuera el tuyo. 

Jugar al futbol descalzo, hacerte heridas en las rodillas, quemarte al sol. 

El mejor adiós, no es el que se dice. El mejor adiós, siempre, es el que sucede. Da igual el por qué.