“Los niños no lloran”, “Mostrar tus sentimientos es signo de debilidad”, “Llorar es de blandengues”. Son mensajes que hemos escuchado hasta la saciedad y que aún a día de hoy se siguen escuchando…
Y cuánto daño han hecho ¿verdad? Qué de absurdos clichés se han forjado en torno a esto y qué presión han recibido y reciben miles de niños, adolescentes y hombres que siguen escondiendo sus sentimientos por vergüenza, por miedo o porque simplemente nadie les explicó que las emociones son inherentes al ser humano y estas no entienden de color de piel, de religión, de nacionalidad o de sexo.
Me acuerdo de la única vez que he visto llorar a mí padre. Mi padre, me ha visto llorar a mí cientos de veces. De hecho, sigue mirándome y provocando tanta paz en mí que me desarmo completamente.
No estoy pasando por una época de mucho llorar, pero sin embargo, si que paso por muchas canciones o recuerdos que me ponen los ojillos cristalinos.
Con Lucas me pasa algo raro. Debería darle normalidad a las lágrimas. Debería dejar ver llorar a su padre con total normalidad. Él ve en mi a Hulk y Hulk no llora. No se si a él le apetece, no se si a mí me apetece.
Llorar no funciona cuando lo haces sólo, cuando no sabes por qué lo haces y cuando al lado nadie sufre esas lágrimas. A Lucas le pasa, él llora poco, pero si llora, se asegura de que mamá o papá estemos cerca. Lloramos poco y además lo hacemos en los lugares menos propicios y con la gente que menos lo merece. Pero con las palabras pasa igual. Siempre tienes a un tonto al lado cuando tu cerebro tiene la genial idea de pensar que el ser humano es bueno y no sacará tus palabras de ese contexto.
Siete días seguidos de agujetas, de montañas rusas emocionales y cosas en mi cabeza que no yo mismo aguanto. Hace una semana pensaba en mi renacimiento y ocho días después estoy a ver si aprendo a quererme un poco, solo un poco.