Cabeza, Corazón y Cojones


 

Hay frases que se quedan grabadas a fuego. No importa cuántas veces las hayas escuchado, un día llegan con tanta claridad que cambian tu forma de ver las cosas. Así me pasó con una en particular, una que resonó en un momento donde todo parecía desmoronarse a mi alrededor. Fue como un rayo de luz en medio del caos: "Cabeza, Corazón y Cojones". Mi padre me la dijo, aunque no era suya, y desde entonces se ha convertido en un lema para mí.

Recuerdo el día en que me la dijo. Entre tanto grito, tanta descalificación, tanta amenaza y el miedo que a veces me paralizaba, esas palabras vinieron como un recordatorio de lo que realmente importaba. No era solo una frase hecha, era un plan de acción. Una brújula para enfrentar lo que venía.

Cabeza. La cabeza ha sido mi refugio en medio de todo este torbellino. Cuando el caos exterior te envuelve, el único espacio seguro es tu mente. A veces es lo único que te queda. Usar la cabeza no es solo pensar con claridad, es saber cuándo tomar un respiro, cuándo parar para evitar que el dolor te consuma. La cabeza te ayuda a hacer las preguntas correctas, a recordar quién eres más allá del dolor, y a mantener un hilo de cordura cuando todo alrededor parece romperse. La cabeza me ha permitido no perderme a mí mismo, me ha ayudado a trazar un rumbo, aunque el camino estuviera lleno de sombras.

Corazón. Ah, el corazón. Sin él, todo esto sería vacío. Ha sido el corazón el que me ha mantenido conectado con lo que importa de verdad. A veces parece más fácil apagarlo, anestesiarlo para no sentir tanto. Pero el corazón, aunque dolido, ha sido mi faro. Me ha recordado lo que verdaderamente amo, lo que realmente me mueve. Es el corazón el que late por mi hijo, el que encuentra consuelo en la familia y los amigos que me rodean. El corazón no deja que el dolor gane, porque mientras sigas sintiendo, sigues vivo, sigues avanzando. El corazón me ha enseñado a no ser indiferente, a luchar por lo que me importa, a mantener viva la llama, incluso cuando parecía apagarse.

Y luego están los cojones, la parte más cruda y real de todo esto. Porque cuando el dolor te derrumba, cuando las respuestas no llegan, y cuando la cabeza y el corazón no parecen ser suficientes, lo que te mantiene de pie son los cojones. Los cojones no entienden de lógica ni de emoción; son pura acción, pura determinación. Es esa fuerza que te obliga a levantarte una y otra vez, aunque el suelo parezca más cómodo. Cojones es tener el valor de decir “sí puedo” cuando todo parece indicar lo contrario. Cojones es afrontar las batallas más duras, las internas, las que nadie ve, las que peleas en silencio. Sin cojones, no hay avance, no hay cambio, no hay victoria.

Así que sí, "Cabeza, Corazón y Cojones". Esas tres palabras han sido mi mantra en estos meses. Tres pilares que, si los juntas, te permiten seguir caminando sin importar lo que venga. Porque la vida sigue, con sus golpes y sus momentos de calma, pero lo importante es cómo decides enfrentarte a ella.

He aprendido que a veces lo más importante no es tener un camino perfectamente trazado, sino tener la determinación de seguir adelante, sea como sea. Cabeza para pensar, corazón para sentir, y cojones para actuar. 

Así es como lo veo ahora. 

Y así es como elijo vivir.