Los días que se han escapado: entre el dolor y la espera.


No todos los días han sido de lucha constante. Hubo días en los que simplemente me dejé arrastrar por el paso del tiempo, esperando que la tormenta se disipara por sí sola. Días en los que no pude aprovechar ni un momento porque la angustia me atrapaba y me hacía querer que todo terminara de una vez. No luché, no me reconecté conmigo mismo ni con el mundo. Simplemente, dejé que el día acabara, como si su fin fuera una pequeña victoria, un paso más hacia ese futuro en el que todo se supone que estará bien.

Son esos días los que más duelen al recordarlos, porque no los viví realmente. Me escondí en la rutina, en la falsa creencia de que el tiempo por sí solo me curaría. Esperé, impaciente, a que el reloj avanzara más rápido, sin darme cuenta de que, en esa espera, estaba perdiendo oportunidades. Oportunidades de disfrutar de pequeñas cosas, de estar presente, de encontrar alivio en lo cotidiano.

He tenido días en los que he querido que el sol se escondiera antes de tiempo, para que el sufrimiento de esa jornada terminara y, con un poco de suerte, el día siguiente me trajera algo mejor. Sin embargo, al hacer eso, perdí más de lo que creía. No me di cuenta de que el verdadero reto no era solo esperar que pasara el dolor, sino aprender a vivir a pesar de él. Dejar de vivir en esa especie de pausa emocional en la que, sin notarlo, te quedas estancado.

Y mientras esperaba ese futuro perfecto, me olvidé de vivir el presente. Dejé de lado momentos que, aunque sencillos, podrían haber significado algo. Como esos días en los que el cielo se despeja tras la tormenta, pero decides quedarte encerrado, sin mirar el sol, sin disfrutar del aire fresco. Y todo porque crees que si dejas pasar el tiempo suficiente, todo mejorará sin que tú hagas nada.

Hoy me doy cuenta de que esos días perdidos no volverán. Fueron días en los que dejé que la vida se me escapara entre los dedos, en los que no fui capaz de disfrutar de lo que tenía porque estaba demasiado concentrado en lo que no podía cambiar de inmediato. Días en los que, en lugar de levantarme y seguir, simplemente dejé que las horas se agotaran sin más.

Pero también he aprendido que no todo está perdido. Que, aunque haya dejado pasar esos días, tengo la opción de no seguir ese patrón. Ya no quiero esperar a que llegue el día en el que todo esté "bien" para empezar a disfrutar de la vida. Porque, ¿y si ese día tarda más de lo que espero? ¿Voy a seguir perdiendo más días mientras tanto? No. Ahora sé que la verdadera lección es aprender a vivir incluso en medio del caos. A no dejar que el dolor y la incertidumbre marquen el ritmo de mis días.

Aún hay momentos en los que caigo en esa trampa, en la tentación de dejar pasar un día más, de esperar que el tiempo lo arregle todo. Pero cada vez soy más consciente de que, al final, el tiempo no cura nada por sí solo. Somos nosotros los que debemos aprender a vivir con lo que nos duele, a aprovechar cada día, incluso cuando no sea fácil.